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EL MAGO DE OZ.

 

...y el hombre de hojalata quería un corazón.

 

E

l ilusionismo, desde los tiempos más remotos, ha sido un peligroso riesgo, pues la certidumbre funciona como el puente levadizo que existe entre la alucinación y el oasis más cercano.

Ahora, Octavio Cuellar elige la magia, y esta vez son sus ojos que prefieren imaginar quienes salen a escena, vuelan, se posan sobre el metal y ya dóciles, dejan que él, hechicero, esculpa sobre el aire -que hasta ahora parece ser su material predilecto-. Sí, nada menos que el aire. El espacio negativo en su obra no se conforma con tomar un papel secundario, es protagonista y centro -claro esta- de la idea depurada. La nada como demiurgo de lo real. El vacío se apropia de sus figuras y -vaya paradoja- es capaz de llenarlas, a veces hasta el borde mismo de la sobresaturación.

Todo artista tiene un compromiso social, un minuto para tomar partido y colocarse en uno de los dos extremos. Octavio se alistó en la fila del Hombre, y su eterno juego desde entonces consiste en conocerlo, hacer suyos sus hallazgos, su ternura al natural y su violencia.

Por eso quizás, sus piezas todas carecen de identidad, faltan rostros, manos, cuerpo en general; pero basta de carencias, están despersonalizadas y esto impone una dualidad: es su obra el ser humano, que en la premura contemporánea se ha olvidado de sí; o tal vez la urgente necesidad de transparencia, el lícito intento de “tocar fondo” y regresar intacto.

A nadie debe extrañarle que Paula también calzó zapaticos de  rosa en los pies de su hija, o se vistió de muchacha en alguna novela de Isabel Allende, o peor aún, es Paula la joven misma que contempla a Paula y hace de cada uno de nosotros -espectadores- cómplice y culpable de su inocencia.

Inocencia, divino tesoro. La gracia y sensualidad de sus esculturas, el movimiento animado y real de sus personajes -entiéndase en el vestuario- y todo lo que (nos) descubre, acentúan la fuerza y teatralidad de su obra. El escultor es, en este caso, un barroco de fin de siglo, desgarrador y noble, Quijote y Escudero.

Debo admitir que existe una contradicción entre la frialdad del metal y la lava volcánica que se desprende de sus piezas y corre cuesta abajo -y piel adentro- hasta ocupar el último recoveco de nuestro silencio. Pero como de conjuros se trata, escuchemos entonces la plegaria del Mago de Oz, perdón, Octavio Cuellar, que justo en este instante esta emergiendo:

Todo el que quiera en el pecho un corazón, ya sabe donde encontrarlo.

 

Agradecido y siempre,

El Hombre de Hojalata.

  Alexis Romay.

Poeta y escritor.

http://belascoainyneptuno.blogspot.com/

 

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